Militarismo y ciudadanía

Los militares están formados para obedecer, dar órdenes y si llegare el caso, ganar la guerra como sea. En la estructura completamente piramidal del mundo militar los de arriba mandan y los de abajo obedecen. La mera crítica a las órdenes se considera una falta de disciplina o incluso un delito. De ahí que el mundo militar privilegia la obediencia ciega y puede resultar muy peligroso pensar con la propia cabeza. Tienden a identificarse con las gestas heroicas del pasado, sin importar que hayan llegado a ocupar los más altos cargos sin haber disparado un tiro o sin analizar si su conducta actual tiene algo de heroica. Para la cultura militarista, no hay oponentes o rivales, sólo enemigos que hay que derrotar o incluso aniquilar. Todo, (recursos, ideas, armas), se orienta a ganar la batalla o la guerra (no en vano la palabra estrategia en su origen griego, significa precisamente “el arte de ganar la guerra”) y para lograr tal fin todo suele estar permitido. De ahí que suele decirse que la primera víctima en todas las guerras suele ser la verdad. Por ser los únicos que tienen el monopolio del uso de las armas, resulta extremadamente peligroso si pierden la perspectiva y se subordinan a una parcialidad política, olvidando que se deben por igual a todos los ciudadanos. Igualmente resulta extremadamente peligroso que lleguen a ocupar altos cargos personas de dudosa moralidad o que tienen un carácter irascible o violento.

La genuina democracia, más que un régimen de gobierno, es una forma de vida, donde el poder militar se subordina al poder civil. Se asienta sobre la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, que se unen para convivir mejor y apoyarse mutuamente y nunca se sustenta en la fuerza. De ahí la importancia de que se garantice la separación de los poderes, para controlar las tentaciones impositivas o dictatoriales del ejecutivo, pues como se viene repitiendo, “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. La democracia se sustenta en el respeto, el diálogo, la negociación, y considera la diversidad como expresión de la verdadera convivencia.

Ya desde Aristóteles, el arte de la política consistía en resolver los conflictos mediante la palabra (de allí viene parlamento, sinónimo de Asamblea), el diálogo, la negociación, desechando cualquier recurso a la fuerza y la violencia, que son medios propios de los pueblos primitivos. Mandar en vez de persuadir, ahogar el disenso por la fuerza, eran formas prepolíticas, típicas de déspotas y tiranos.

Cuando la democracia es penetrada por la cultura militarista, languidece y termina por morir. Por ello, en las democracias genuinas el poder militar está totalmente subordinado al poder civil, y los militares se dedican a cumplir su papel de defensores de la Constitución y protectores de la nación y de todos los ciudadanos. No entiendo, por ejemplo, cómo pueden invocar tanto la soberanía y la independencia y permitieron que la guerrilla impusiera su ley en nuestras fronteras, que cubanos estén al frente de organismos importantes y que paramilitares armados siembren el terror en las calles de nuestras ciudades. Por ello, ¡líbranos, Señor, de golpes de Estado o gobiernos militaristas y haz que los militares cumplan fielmente su misión!