Adentrados en nuestro país

¡Vivimos en tiempo de crisis! Esta es quizás una de las frases de mayor uso desde hace unos años en Venezuela. A través de los medios de comunicación, en reuniones de trabajo, encuentros familiares y con amigos, en espacios de formación, en conversaciones fortuitas en colas o en el trasporte público, las tertulias alrededor de este tema se hacen presente en todo momento y sacan a relucir nuestra idiosincrasia, algunas personas transmiten su desesperanza, otras imprimen su optimismo, hay las que se apegan al principio cristiano de la esperanza, mientras hay quienes prefieren despotricar a personajes políticos y, sin dejar de lado la particularidad del venezolano, se valen del buen humor para refrescar el tema y hacer sonreír a otros.

En este tiempo he venido acumulando episodios y recuerdos de lo particular que somos como personas, como ciudadanos, pues aunque el escenario es común, despierta sentimientos, emociones y maneras diversas de abordar la situación. Quienes vivimos en Venezuela y quienes la han dejado para ir a otras latitudes sabemos que aquí convergen dos realidades: la primera es el escenario del país de nuestra infancia con las idas al parque, a la escuela, el liceo y la universidad, el llegar a casa luego de un día de trabajo para encontrar en ella una familia muy venezolana, cálida, dispuesta a escucharnos, echarnos broma y responder la bendición (tradición muy arraigada entre nosotros que llamó la atención del papa Juan Pablo II durante su visita pastoral en 1985) y el segundo escenario lo constituyen esas otras condiciones que se han desprendido de la crisis: la cada vez más precaria calidad de los servicios públicos, la odisea que significa ir y volver a casa en trasporte público con vías de comunicación cada vez más minadas de huecos o fracturas, así como la cada vez más acentuada falta de efectivo que no nos permite saborear tranquilos y sin remordimiento un caramelo en la calle porque ese tesoro que tenemos en el bolsillo llamado billete, debe ser resguardado después de las pericias vividas para conseguirlo.

Sé que muchos coincidirán en decir que, aunque este es y seguirá siendo el mejor país del mundo, la crisis nos está transformando para siempre. Como docente de Historia, me permito pensar que esta crisis no tiene las dimensiones de exterminio de las I y II guerras mundiales, aunque sí tiene elementos semejantes a otras situaciones que han vivido nuestros vecinos del sur del continente: en Venezuela hay cosas inéditas, especialmente todo nuestra estructura y mentalidad como ciudadanos, pues quizá solo hasta ahora entendemos nuestro rol y responsabilidad en todo lo que sucede e incluso podemos decir que éramos novatos para enfrentar situaciones de esta magnitud. Hoy sé que es tangible la desesperanza aprendida de la cual escuché hablar y leí durante mis años universitarios, así como he descubierto que los personajes de los cuentos de Tío Tigre y Tío Conejo que tanto disfruté en la infancia hoy habitan entre nosotros para colocar de manifiesto la viveza criolla por encima del bien común.

Aunque la situación ha desembocado por una circunstancia política con consecuencias económicas significativas que impacta nuestra calidad de vida, lo que realmente centra mi atención es nuestra composición cultural, el desgaste de los principios de convivencia, habitabilidad con otros y con el entorno, además del deterioro de los principios familiares y éticos de los cuales como venezolanos y latinoamericanos siempre nos hemos sentido orgullosos. Es como una vorágine que ha arrasado todo a su paso y desgarra a quienes son más vulnerables a la vista de todos y nos mantiene, en muchos casos, atónitos y paralizados por el miedo, como cuando vemos en lugares públicos a venezolanos de carne y hueso como tú y como yo hurgar entre los basureros o vivir en ellos incluso con sus familias, o cuando vemos que a las personas con cierta discapacidad, de la tercera edad o gente trabajadora que está despierta desde muy temprano y luego de concluir una larga jornada de trabajo o estudio, les niegan un espacio en algún “carrito” porque dada su condición cancelan menos, les falta una parte del pasaje que acaba de aumentar ese día o simplemente porque tienen billetes de una denominación que, por alguna ilógica e ilegal razón, ya no reciben.

Con la misma desolación que observo esas situaciones, mi cuerpo se invade de una sensación paralizante aderezada con miedo y tristeza cuando detecto entre mis estudiantes adolescentes, algunos de los cuales son casi unos niños, que no se alimentan con regularidad, que viven solos o con terceras personas porque sus padres se han ido a algún lugar a buscar una estabilidad económica asumiendo, junto con mis colegas y compañeros de trabajo, el papel de tutores y acompañantes cercanos de estos jóvenes cuyas familias han sido desmembradas. Quiero valerme de estas líneas para llamar la atención de los padres que toman esta decisión y recordarles que sus hijos son su responsabilidad, son el producto de un regalo grande que Dios en su inmensa misericordia les entregó; por ello deben sopesar si su situación amerita tomar ese camino o si la prioridad que debe prevalecer es la de ser padres de verdad, no a distancia o a través de terceros que tal vez ni siquiera conozcan muy bien. Les invito a colocarse en el lugar de su hijo(a).

Retomando la idea de los episodios y recuerdos acumulados durante este tiempo, expongo tres situaciones que marcaron mi pensamiento de manera significativa, todas vividas a través de los lugares que me ha llevado a recorrer mi trabajo como profesora en Fe y Alegría. La primera de ellas la viví en febrero de 2018 en el marco del retiro de ejercicios espirituales propiciado por el Movimiento Juvenil Huellas que tuvo lugar en San Javier del Valle, en el estado Mérida, donde el padre José María Vélaz inició un sueño de Fe y Alegría. Durante este encuentro de jóvenes de 5to año, coincidimos como acompañantes los docentes de tres escuelas de la Región Frontera localizadas en San Joaquín de Navay, Naranjales y Ciudad Sucre. Mientras acompañaba a varios de ellos en una actividad, una joven de 15 años nos entregó un gran mensaje de esperanza para los que estábamos reunidos: narró el relato bíblico de Job y cómo prevaleció su fe ante las dificultades, comparándolo con la situación de nuestro país, invitándonos a confiar en la voluntad de Dios, agregando que ella no dejaría nunca el país, este era el lugar donde estaba su familia y sus metas. Este es un ejemplo claro de cómo nuestros estudiantes pueden enseñarnos, ayudarnos a reaccionar y ver más allá de lo que tenemos delante y revivir nuestra fe.

La segunda situación tuvo lugar en medio de un encuentro de escuelas de frontera en la Universidad Católica del Táchira para socializar las experiencias de implementación común del proyecto de enfoque geohistórico para la enseñanza de las Ciencias Sociales en las escuelas de Fe y Alegría que fue apoyado por la RAIF en el mes de junio pasado. Luego de realizar la socialización los representantes de las escuelas participantes, docentes y estudiantes, decidimos participar de un taller para el manejo de emociones. Allí la psicóloga que guiaba el taller nos llevó a definir los sentimientos que asociábamos con la situación del país y, para mayor sorpresa, las expresiones de mayor frustración, rabia y tristeza vinieron de los estudiantes más jóvenes quienes manifestaron su rechazo a la desintegración de las familias, al vivir solos, al no tener oportunidades para progresar en su país. Esto realmente me llevó a preguntarme: ¿qué hemos hecho los adultos para guiar a nuestros niños, niñas y jóvenes en medio de la crisis?, ¿les hemos enseñado a ser resilentes o hemos sembrado en ellos un mayor número frustraciones, miedos e inquietudes? Junto a los demás docentes llegamos a la conclusión de que no hemos hecho lo suficiente para que ellos entiendan la situación y la interpreten desde la esperanza.

La tercera circunstancia sucedió en julio durante el traslado por la troncal 05, la carretera que conduce desde San Cristóbal (estado Táchira) al llano para acceder a San Joaquín de Navay, acompañando a un grupo de jóvenes para atender al llamado de la realización de los planes vacacionales que se hizo desde Fe y Alegría bajo la forma de trabajo voluntario. Intentábamos llegar a nuestro lugar de destino por un paso obstruido por un derrumbe producto de las fuertes lluvias, tomamos una camioneta que nos llevó hasta un sitio cercano y de allí en adelante tuvimos que emprender una caminata de dos horas hasta el sitio donde circulaba nuevamente el transporte. En esta caminata pude percatarme de dos aspectos: la fortaleza de los jóvenes para llegar al sitio del encuentro al entender la necesidad de superar los obstáculos y llevar alegría a las comunidades rurales, así como el hecho de observar que la mayoría de las personas represadas en la carretera debido al derrumbe se dirigían a la frontera para salir del país. Conté más de 30 autobuses que venían del centro-occidente buscando el cruce fronterizo y, por la dimensión del equipaje, deduje que era un viaje cuyo retorno no se veía cercano.

Ante la situación del país muchos han elegido alejarse, mientras otros queremos adentrarnos en el país, ir al encuentro de los demás y entregarles lo mejor que tenemos. Este es un llamado de atención a plantear espacios de reflexión para no abandonar, para perseverar, cuidar a nuestros estudiantes, ofrecerles guía y oportunidades aquí en su tierra, darnos espacios para reencontrarnos con lo hermoso de nuestro país, de nuestra gente. La intención de esta reflexión no es la de centrarnos en las vivencias negativas, por el contrario, es transmitir un mensaje de esperanza y transformación positiva por la sociedad que llegará una vez superadas las dificultades actuales e internalicemos esta experiencia como parte del crecimiento del pueblo venezolano.

Por Andrea G. Leal Castellanos
E.T.A.C. “José Vidal Chacón”
San Joaquín de Navay, estado Táchira
Fe y Alegría-Región Frontera