Ángel Arévalo

Recibí la noticia de la muerte del Maestro Ángel Arévalo como un mazazo en el pecho. Él era mi compadre, mi amigo y me enseñó a conocer y querer esa tierra doliente y árida de La Guajira, poblada de espíritus, que recorrí tantas veces a su lado. Ángel se sentía orgulloso de ser wayúu y dedicó toda su vida a defender a su pueblo, promover su cultura y sus costumbres. Maestro apasionado, sufría mucho al palpar la pobreza de su gente y la penosa realidad de las escuelas de su tierra.

Ángel Enrique Arévalo nació en el caserío La Gloria, Baja Guajira, en el año 1954. Cursó sus estudios de educación primaria en el Grupo Escolar “Guajira” de Paraguaipoa, y el ciclo básico común en el Liceo “Orángel Abreu Semprún”, también en Paraguaipoa.

Atraído por la profesión del magisterio, que siempre consideró un medio muy eficaz para servir a su pueblo, se trasladó a Rubio (estado Táchira), en cuya Normal obtuvo el título de Bachiller Docente. Se inició como maestro en la Escuela Nacional Concentrada de Polumou, Alta Guajira, donde sufrió en carne propia el abandono de la educación en esos apartados rincones de La Guajira, donde el viento se rasca en los costillares de los cardones, se comparte el agua con los burros, vacas y ovejos en los jagüeyes. Allí, sin embargo, luchando contra la soledad, el desamparo y las acometidas del pesimismo y el acomodo, fue fraguando su voluntad y la firma decisión de entregar su vida a enraizar la educación en la entraña cultural de su pueblo y levantarla del estado de postración en que se encontraba.

Un cura italiano, el P. Sandro, verdadero apóstol en esas tierras barridas por un viento incansable y alumbradas de jayeechis, se empeñó en llevar a Fe y Alegría a La Guajira, convirtiéndose Ángel en su aliado, y enseguida, en su apasionado promotor. Así, en 1983, nació la escuela de Fe y Alegría de Paraguaipoa, que empezó a funcionar en unos salones parroquiales, en condiciones de total precariedad, pero que pronto se transformaría en una bellísima escuela bajo su dirección y la entrega incondicional de un grupo de maestros y maestras wayúu que desde el comienzo derrocharon pasión por su pueblo y espíritu de servicio y entrega.

Casado con la maestra Norma y padre de cinco hijos, Ángel Arévalo obtuvo el título de licenciado en Educación por la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez, según el convenio de dicha Universidad con Fe y Alegría para profesionalizar maestros en servicio, mediante la metodología de proyectos y la sistematización de sus prácticas, de modo que se convirtieran en los abanderados de la transformación de sus escuelas. Tanto los proyectos de aprendizaje y tesis de grado de Ángel, como los del grupo de maestros que se inscribieron en este Programa, giraron en torno al mundo wayúu, pues el sueño de todos esos maestros creativos era construir un currículo intercultural bilingüe centrado en su cultura, que promoviera la identidad y el orgullo de ser wayúu.

Hombre noble y servicial, maestro de vocación y de pasión, Ángel Arévalo no descansó hasta lograr extender la labor de Fe y Alegría en La Guajira, primero con un preescolar en Wichepe, luego con la escuela “Ramón Paz Ipuana”, en Cojoro, que fue el primer liceo en la Alta Guajira y, por fin, con la emisora de radio de Paraguaipoa.

Apasionado por su pueblo y su cultura, Ángel se dedicó a recoger cuentos y relatos guajiros que se convertían en insumos para el aprendizaje de la lectura y la formación de los alumnos. El Centro de Formación e Investigación “Padre Joaquín” le publicó varios de esos cuentos y relatos en los que nos asoma al alma de La Guajira y nos describe su problemática con un realismo a ratos escalofriante.

Gracias, Ángel, por haber compartido con nosotros tus sueños, tu vocación de servicio, el amor incondicional a tu tierra y a tu gente. Aunque somos alijunas, nos supimos amados por ti como verdaderos hermanos. Fe y Alegría te da las gracias por haber hecho posible su vocación de sembrarse en el doliente corazón de La Guajira. Ya estás en brazos de Maleiwa, arrullado por los más bellos jayeechis. Te recibieron tus hermanos, al son del kashi, la tambora, con el que imitaron para ti los sonidos del trueno, el viento entre las ramas de los cujíes, el trotar de los caballos, el aletear de los murciélagos, las risas y quejidos de las majayuras.

Estamos seguros que ya descansas en Jepirá y volverás a nosotros como lluvia para seguir dando vida a tus hermanos y a Fe y Alegría.

Por: Antonio Pérez Esclarín

pesclarin@gmail.com