Carta a mis comadres

Queridas comadres:

Esta carta no es sólo para las “comadres” de siempre, esas que se integraron a los primeros grupos de Madres Promotoras de paz en Guayana, y que han perseverado, además de las maestras-comadres, esas que ahíjan a sus alumnos y se vuelven madrinas –segundas madres– de todos ellos (los corrigen, los protegen, los aconsejan…), sino también a todas esas otras, que no conozco, pero que sé que existen, admiro y quiero.

“Comadre” es esa persona de confianza, esa que le cuentas los problemas y los logros de los hijos tuyos, ahijados de ellas. Comadre es esa persona que te da la mano, que se alegra contigo y que llora contigo. Por eso el Día de las Madres, es también el Día de las Comadres.

Sufro con ustedes cuando me cuentan lo mal que están las cosas. “Se va la luz –dice Isabel del Municipio San Francisco– entonces en las bodegas no hay para pagar con punto y no podemos comprar nada”. Ella tiene una hija pequeña. O cuando Iris, de su mismo sector, costurera, pero con los apagones no se atreve a prender su máquina, no se le vaya a estropear. “No he podido coser casi nada”. Su hijita, de 7 años le pidió a Diosito que su mamá se ponga “algo gordita porque está flaquitica”. Se me arruga el corazón.

También de Maracaibo, las comadres-maestras, casi lloramos todas cuando contaron cuántos niños se están quedando solos, porque sus padres se van a Colombia a trabajar. “Una alumna de bachillerato, 17 años, se ha quedado con sus hermanitos. Me dijo que a veces no podría venir al colegio porque tiene que cuidar a los pequeños”. Sin comentarios.

He conversado con unas cuantas de ustedes esta semana. “¿Qué piden las madres-comadres? “¡Comida para sus hijos!”, fue lo primero que me dijo Petra, de San Félix. “No poder dar de comer a los niños cada día les angustia mucho”, agregó. Petra es maestra, comadre de muchas mujeres.

Pedimos seguridad”, me dijo Jasmín, de Caracas, “A mi hijo lo atracaron. También pido transporte y efectivo. Es lo mínimo”. Y yo agrego: lápices, cuadernos y creyones para sus dibujos.

Piden liceo para su comunidad. Nuestra escuela llega hasta 6to grado”, me dice mi comadre Belkis, del Municipio Marcano del estado Nueva Esparta. No hay más escuelas en su comunidad de La Sabaneta. “¡Claro, también piden agua y posibilidad de comprar detergente para los uniformes!”.

Pedimos dignidad”, dice con firmeza Carmen Emilia, de San Félix, voluntaria de “Me diste de comer”. “Nada de dádivas. Pedimos que podamos trabajar y con nuestro sueldo dar a nuestros hijos lo que necesitan, ni limosnas ni carnet. En mi comunidad se ha muerto gente por malaria, niños por desnutrición. ¡Eso no lo podemos aceptar!”.

Elisa, de Barquisimeto, pide ayuda profesional para su escuela. “La situación está demasiado difícil en la comunidad. Necesitamos ayuda profesional”.

Comida, transporte, efectivo, seguridad, escuelas con bachillerato… Dignidad. No escuché a ninguna pidiendo bonos, ni carnet, sino dignidad.

Sí, la verdad es que debemos pedir dignidad. Toda esta situación da dolor y rabia, mucha rabia, pero debe darnos “rabia sana”, esa que sirve para ponernos activas y exigir a los responsables que cumplan con sus obligaciones. Como una vez nos dijiste Carmen Emilia: “nosotras, las madres, nos toca ser mejores madres, a las maestras ser buenas maestras, pero no nos toca perseguir malandros, ni desarmar a los violentos, ni construir escuelas”. ¡Tenías toda la razón y la sigues teniendo!

Y claro debo decir que no sólo sufro con las historias tristes que me cuentan, también me componen con otros relatos el día. “Hay un grupo nuevo en Catia”, me dice Jasmín. “¿Quién se apunta para cooperar?” y ahí salen las comadres Gabriela y Belinda. “Las Madres del grupos siguen llevando a los niños más desnutridos a la parroquia desde La Sabaneta hasta el centro ¡a pie y llegan contentas! Una dijo el otro día que ya iban a desaparecer del ejercicio que hacen cada día, pero están contentas”, me dice Belkys de la isla de Margarita. “Estoy dispuesta a enseñar a las mamás a hacer vestidos para sus hijas”, dice Iris, de Maracaibo. “Estamos yendo a otra escuela y estamos consiguiendo más desayunos”, me cuenta entusiasta Del Valle de San Félix. La comadre Jeniree, de Maracaibo, me cuenta que ya están preparando el Plan Vacacional con otras compañeras.

¡Me componen el día y vuelvo a llorar, aunque ahora de emoción! Confío en la perseverancia de ustedes, me animan con sus historias y sigo caminando con ustedes. Los grupos de apoyo mutuo son necesarios, maestras y comadres del mismo lado de la cancha. ¡Dios las bendiga Comadres!

Luisa Pernalete