Clases: ¡no hay…!

Hoy estuve en una escuela del “23 de enero”, en Caracas. Iba a una consulta con niños y niñas de 5to grado, además de conversar con unas madres sobre el tema de qué hacer para que se mejore la convivencia en la casa y en la escuela. Las madres, conversadoras como siempre, y los estudiantes, espontáneos, muy participativos. El plantel, de estructura sencilla, muy limpio, ordenado y con ambiente navideño. ¡Me admiro de la creatividad de los docentes, realmente hacen maravillas!

Al final de la mañana, la directora Noelia, con décadas en Fe y Alegría, me dijo que la coral del colegio quería hacer una presentación. Entraron los niños y las niñas, ordenaditos, cantaron aguinaldos tradicionales, muy disciplinados y afinados. Me conmovió ese oasis en medio de tantas carencias y tanta violencia, y casi lloro cuando pensé que la próxima semana no habrá clases. “Suspendidas las clases por órdenes superiores” y, por esa orden, los padres no escucharán lo que yo estoy escuchando porque será difícil que los estudiantes se reincorporen el 11 para luego salir el 14.

¿La razón de vulnerar el derecho a la educación por una semana o serán dos? ¿Un deslave? ¿Un volcán? ¿Un terremoto? No: unas elecciones de concejales. ¡Una semana sin clases por orden de las autoridades!

Un día de clases es sagrado. Un día perdido no se recupera nunca. Una suspensión por una semana es más pecado si las causas son injustificadas. ¿Saben ustedes en cuál otro país de América Latina se suspenden clases por una semana por elecciones? ¡Ninguno! Solo en Venezuela, en los demás las escuelas se entregan el viernes en la tarde y, si no hay ningún problema, el lunes siguiente los estudiantes asisten con normalidad a su centro educativo. Eso me lo informó un compañero que está en una reunión internacional en la cual hay gente de casi toda América Latina. Busquen en google, solo Venezuela aparece con esta medida.

En el año 2000, trabajaba yo en el Estado Bolívar y a principios de diciembre, las autoridades de “El Dorado”, ordenaron a Fe y Alegría suspender clases en la escuela porque se había fugado del penal un peligro delincuente -de apellido Avendaño, si mi memoria no me falla- preso por haber asaltado unos camiones blindados. Las autoridades temían que el famoso delincuente fuera rescatado por su banda y dado que nuestro colegio queda a pocos metros de lo que en un eufemismo se le llama “aeropuerto de El Dorado”, o sea una pista de aterrizaje, se corría el peligro de ser tomados como rehenes alumnos y maestros. Nos reunimos con los docentes, vimos que de verdad era un riesgo permanecer en el local, pero no estábamos dispuestos a privar a los alumnos de dos semanas de clase. En un discernimiento comunitario, decidimos pedir a las familias que nos prestaran sus casas. Cada grado se ubicó en una casa de familia, al otro lado del pueblo y las actividades especiales de navidad, se celebraron en la plaza. ¿No creen que hicimos lo adecuado?

Yo recordaba esa anécdota, que da cuenta de la seriedad con la que nos tomamos el derecho a la educación; me daba rabia y dolor saber que desde el 4 de aquel diciembre las aulas quedarían vacías. Pero no se trata solo del derecho y del sentido del deber, se trata también de la necesidad de preservar espacios sanos y alegres que la escuela brinda en diciembre y que permiten que los niños conserven algo de su vida de niños. A veces, en muchas comunidades la única alegría que tienen son esos momentos en medio de tantas tristezas. Aún la escuela más pobre y menos creativa, se las ingenia para dar un respiro. Los venezolanos tenemos la música en el ADN: un cuatro, unas maracas y una tambora improvisada, cantar “Niño lindo”, “Fuego al cañón”, “Cantemos, cantemos”, “Corre, caballito”, incluso entre familias no creyentes, todo esto forma parte de nuestra cultura como país. Suspender clases en diciembre es como robar parte de la infancia a muchos niños. ¿Cuántas navidades llevamos con clases interrumpidas por elecciones?

Hay otro elemento: los derechos humanos no pueden competir entre ellos. El derecho a la participación -las elecciones- conspira contra el derecho a la educación de los NNA los cuales, y perdonen el disco rayado, son Prioridad Absoluta (Art.78 de la CRBV vigente aún y el Art. 7 de la LOPNNA). Se vulneran los derechos por orden de las autoridades. Créanme, eso no pasa en ningún otro país.

Añado algo más: no es necesario suspender una semana por un proceso electoral, vayan muchos o pocos ciudadanos a ejercer su derecho al voto, no es necesario. Solo pierden los alumnos, los padres tendrán que ingeniárselas para ver dónde dejar a sus hijos por estos días. ¿Quién gana? ¿A quién ayuda esta rutina escolar interrumpida por órdenes superiores?

No hay duda de la orfandad en la que están los escolares en Venezuela: sin servicios, sin transporte, sin comida y sin clases. Los ciudadanos debemos expresar nuestro apoyo a los NNA.

Yo le pido al Niño

bendiga a la escuela

pues si no educamos

¡pobre Venezuela!

 El Niño Jesús

dijo con cariño:

quiero que en la escuela

se queden los niños.

Al Niño le pido

en esta oración

proteja el derecho

a la educación.

Y digo al gobierno

en la Navidad

no olviden que el niño

es la prioridad.

Luisa Pernalete