La pasión de mandar

No puedo entender cómo hay personas que se aferran de tal modo al poder que, para conservarlo, no vacilan en recurrir a los medios más inhumanos, a pesar del rechazo de las mayorías y lo que es peor, sin importarles el sufrimiento que causan. ¿Tan ciegos están que no ven la miseria, la muerte por hambre o por falta de medicinas, la destrucción del país, el colapso de todos los servicios, la estampida de millones que se marchan por no ver aquí posibilidad de vida? ¿O será que su corazón está tan endurecido que no les importa el dolor, la angustia que están causando al empeñarse en continuar unas políticas que nos han llevado al despeñadero? La continuidad en el poder de   Maduro no es solo un problema de ilegitimidad, es sobre todo un problema de falta de humanismo. Si en verdad le importara el sufrimiento de los demás, hace ya mucho tiempo que habría renunciado o buscado una salida electoral para que nosotros, el pueblo, el legítimo dueño del poder, decidiéramos si queremos o no que continúe gobernándonos.

Repito que con mi pobre cabeza y con mi sensible corazón no puedo entender actitudes de este tipo. Por ello, en un esfuerzo por comprender, recurro a la obra del escritor y médico español Gregorio Marañón: “El Conde-Duque de Olivares, o la pasión de mandar”. Marañón sostiene que los poderosos se enamoran de tal manera del poder que “la pasión de mandar” los llega a dominar por completo, les nubla la visión objetiva de la realidad y el poder se transforma en adicción. Amontonar más y más poder se convierte en una obsesión, que tiene como primer síntoma la necesidad narcisista de ser visto y escuchado permanentemente. De ahí la necesidad de ser la única voz, que necesita fluir en interminables peroratas y no vacila en encadenar los medios de comunicación para obligar a todo el mundo a escuchar sus insultos, ocurrencias y hasta chistes. La pasión de mandar necesita también recurrir a trampas lingüísticas, donde las palabras  solo significan lo que él decide: la palabra pueblo nombra solamente a sus seguidores; defender la Patria equivale a aceptar sus decisiones y principios, y los que no lo hacen son apátridas.

Como ocupa la mayor parte del tiempo en hablar y no en gobernar, y no tiene logros que mostrar, la mayor parte de sus palabras son anuncios, promesas, declaraciones de lo que va a hacer y del futuro glorioso que nos espera. Su fantasía principal es lograr un país donde todos los medios de comunicación recojan y divulguen, sin la menor crítica, todo lo que dice y promete. Un país donde  solo se escuche su voz. Por ello, necesita insultar, amenazar, perseguir y suprimir las voces y conductas disidentes que ve como amenaza a su poder.

La incapacidad de ver la realidad que ocasiona la pasión de mandar necesita ir acompañada de ceguera voluntaria o interesada de sus seguidores. Saben que la menor crítica supondrá su caída, y el cese de los beneficios que disfrutaba. Hay también otros que la cercanía al poder les permite enriquecerse ilícitamente y estos, al permanecer fieles al poder, defienden sus haberes mal habidos, pues saben que la caída del poder no  solo les impediría seguir disfrutando de los privilegios, sino que podría ocasionar su enjuiciamiento y hasta su condena.

Por: Antonio Pérez Esclarín

pesclarin@gmail.com

@pesclarin

www.antonioperezesclarin.com