Los violentos pueden cambiar

LP21David, nombre ficticio pero historia real, había sido abandonado por su madre a los 6 años. A los 15, después de una “pasantía” por el INAM y dos años viviendo en plazas, fue ayudado por una fundación que rescataba niños de la calle. Una vez, ya en su fase de “hogar”, veía en la televisión un programa donde le preguntaban a la presidenta de la Fundación amiga si esos “huelepegas” eran rescatables, inmediatamente David reaccionó: “¿Cómo que si son rescatables? ¡Yo soy rescatable!” Y tenía razón. Podía tener otra vida. No se trataba de un caso simple: tenía problemas neurológicos –probablemente heredados de su madre- y hasta que no comenzó el tratamiento adecuado, no pudo controlar sus rabias y altibajos. Su conducta violenta tenía muchas causas, pero, su irritación en la corteza cerebral era determinante.

Mayte, madre de tres niños, era muy violenta, por cualquier cosa le pegaba a sus hijos, no importaban si la tremendura era pequeña o grande: siempre la última escena era una paliza. Hasta que su niña de 8 años, le comentó la situación a su maestra y esta decidió actuar, convenciendo a Mayte para entrar en un curso de Madres Promotoras de Paz. La señora reflexionó. Comprendió que había otra manera de corregir a sus hijos. Lloró mucho. Se volvió una madre super-cooperadora en la escuela, pidió perdón a sus hijos, ¡cambió! Y sus hijos mejoraron el comportamiento en la escuela.

No digo que sea fácil, tampoco digo que existan fórmulas mágicas. La violencia es un fenómeno plurifactorial, tiene muchas causas: la genética, la historia familiar –la crianza, el abandono de la madre-, los malos tratos, la inexistencia de normas, el modelaje del entorno, la pobreza extrema, la cotidianidad de la escuela y de la comunidad; están también los elementos que aceleran las conductas violentas: el consumo de alcohol y otras drogas que actúan como deshinibidores. Sólo estamos haciendo una lista parcial. Por eso, por su complejidad, no puede enfrentarse desde un solo ángulo. En el primer caso mencionado, por ejemplo, la genética jugaba papel preponderante. David era pobre, también había aprendido que la forma de defenderse en la calle era con los puños o las amenazas; mientras en el caso de Mayte, su madre le había educado así, a golpes, no sabía otra manera de hacer las cosas. No tenía problemas neurológicos, pero tenía malas prácticas aprendidas y mucho desamor en su infancia.

Claro que hay unos requisitos para este cambio: la persona tiene que reconocer que su conducta violenta le ha traído problemas, debe reconocer que ha herido a otros y que tal vez está repitiendo la historia de su infancia o adolescencia, tiene que dejarse ayudar y convencerse de que mejor es resolver problemas por vías pacíficas. David, por ejemplo cuando lo entendió, jamás volvió a inhalar pega, se dejó ayudar, además de tomar sus medicinas de por vida. Cuando se alteraba, salía, daba una vuelta hasta que se calmaba, redujo notablemente su violencia interpersonal. Además de comprensión, los violentos necesitan manos amigas que le apoyen, que acompañen. Mayte, por ejemplo, se dejó acompañar de la maestra. La conducta violenta es como una enfermedad: necesita vacunas, refuerzos…

Hay maestras, de esas creativas, inteligentes, que se atreven a cambiar sus prácticas, se fijan objetivos, por ejemplo, “Un aula 100% libre de apodos”. Ellas se llenan de paciencia y perseverancia, y se dan cuenta del cambio que van mostrando niños y niñas de conducta violenta.

Claro, cuando la violencia es ya un problema de salud pública como en Venezuela, no bastan los abordajes particulares o escolares: se requieren políticas públicas. Mientras seguimos luchando por esas políticas, yo sigo recogiendo casos que me dicen que, en el fondo, todos tenemos instalada la posibilidad de convivir en paz.