Mi amigo Sabino

La noticia de la muerte de Sabino supuso para mí un golpe muy doloroso. Después, cuando fui conociendo detalles de su muerte, el dolor se tornó en sonrisa agradecida, por haber disfrutado durante largos años de una amistad muy noble y tan profunda que no la debilitaron nunca ni las distancias ni el tiempo. Podíamos estar años sin vernos y tampoco comunicarnos por las redes o por teléfono, pero al reencontrarnos, aunque fuera brevemente, uno sentía que en la distancia habíamos estado juntos, compartiendo vida, sueños e inquietudes. Por ello, la conversación fluía con total naturalidad, como si la hubiéramos dejado interrumpida la tarde anterior. Y al despedirnos, sentíamos que se había profundizado la amistad.

Me cuentan que el pasado 20 de febrero Sabino llegó cargado de frutas al colegio Loyola de Puerto Ordaz donde residía. Las frutas habían sido las ofrendas de una misa que presidió en la celebración de los sesenta años del CICPC de la delegación de Guayana. Aunque no me consta lo que dijo en la homilía, me imagino a Sabino insistiendo en que asumieran con total respeto y responsabilidad su misión de funcionarios públicos, sin dejarse influir por las tentaciones o presiones del dinero o del poder.

Me imagino a Sabino llegando al Colegio Loyola con su carga de frutas y esa sonrisa imborrable que le brotaba primero de los ojos, le iluminaba todo el rostro y luego reventaba en un amago de carcajada breve y poco ruidosa, como si le diera pena gritar su felicidad. Porque Sabino era un hombre feliz, que disfrutó a raudales la vida. Apasionado del Jesús del evangelio, ese maestro itinerante, ese poeta de la misericordia de Dios, dedicó su vida a acompañarle en su misión de establecer el reino de la justicia y el amor, donde los últimos serían los primeros y los despreciados de siempre ocuparían un lugar privilegiado.

Poco después de llegar al colegio, se sintió mal y adivinó que era un infarto. Pidió a un compañero que llamara al médico mientras él se quedaba tranquilo en la habitación. Me lo imagino orando, poniéndose por completo en las manos de Dios. Posiblemente recitó una vez más esa oración tan ignaciana “Toma Señor y recibe…”, con la que uno se entrega por completo a Dios y acepta con alegría su voluntad.

Llegó el cardiólogo, lo revisó, le hizo un electrocardiograma, y una vez que logró calmarle el dolor, se fue. Pronto, sin embargo, volvió el dolor, cada vez más intenso, y Sabino adivinó que había llegado la hora de entregarse por completo al Padre. “Díganle a los míos que soy feliz. Si tengo que morir, Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y así, a horcajadas de esa oración de entrega, se fue Sabino a fundirse en un abrazo definitivo con ese Padre que tanto amaba.

Había nacido en un caserío de Guipúzkoa, en el país vasco, el 31 de enero de 1936, unos pocos meses antes de que estallara en España esa feroz guerra civil que desató los demonios del odio, la venganza y la muerte, y dejaría más de un millón de muertos y una España dividida y muy herida. Sus padres eran campesinos, pero de una fe recia y una religiosidad muy profunda, que alimentó la decisión de cinco de sus doce hijos de abrazar la vida religiosa.

Puedo imaginar la niñez de Sabino en la estrechez, la austeridad y el trabajo, pero rodeado de un amor familiar tan profundo que compensó con creces las ausencias de cosas y fraguó su carácter alegre, recio y servicial.

A los 18 años entró en el noviciado de la Compañía de Jesús y enseguida pidió ser enviado a Venezuela donde terminó su noviciado. Hizo sus estudios de letras y filosofía en Colombia donde obtuvo la licenciatura en Filosofía y Letras, y aprovechó también para estudiar en Bogotá Ciencias Naturales. Ejerció por tres años el magisterio primero en el Colegio San Ignacio de Caracas y luego en el Gonzaga de Maracaibo, y volvió a España a continuar sus estudios de Teología. Allí fue madurando su decisión de vivir con radicalidad el evangelio y entregar su vida al servicio de los más pobres y necesitados para construir con ellos un mundo más justo y fraternal.

El 16 de Julio de 1966 se ordenó de sacerdote en la Basílica de Loyola, donde había nacido Ignacio, el fundador de la Compañía de Jesús. De regreso a Venezuela, inició pronto con otros tres compañeros jesuitas la misión obrera en Venezuela y trabajó por un tiempo como cura obrero, en Antímano y La Vega. Hace unos pocos años recogió esta experiencia en un largo escrito que me envió y yo le animé mucho a que lo retrabajara y se lo enviara al Provincial, por pensar que no podía perderse esta experiencia tan valiosa y que, incluso, podría servir de insumo en la formación de los jóvenes jesuitas.

Cuando su salud se resintió, se dedicó a la alfabetización de adultos con el método de Paulo Freire y la cartilla Abrebrecha, y a la capacitación y concientización de jóvenes obreros con varios talleres de electrodomésticos , corte y costura y una biblioteca popular. De pluma ágil y vigorosa, por esos años Sabino vertió sus inquietudes en el periódico popular “La Vega dice”.

En 1985, empezó a trabajar por completo en Fe y Alegría, movimiento al que amó con pasión y al que prácticamente dedicó el resto de su vida. La Federación Internacional de Fe y Alegría acababa de aprobar el Ideario donde se definía como “Un movimiento de Educación Popular que, nacido e impulsado por la vivencia de la Fe Cristiana, frente a situaciones de injusticia, se compromete con el proceso histórico de los sectores populares en la construcción de una sociedad justa y fraterna”. Esto es lo que había pretendido Sabino durante toda su vida y por ello sintió una gran sintonía con el proyecto de Fe y Alegría.

Si bien nunca conviví con Sabino ni trabajé directamente con él, coincidimos en muchas reuniones, talleres, convivencias, retiros… y fue allí donde se fue acrisolando nuestra amistad. Compartíamos las preocupaciones, miedos, alegrías y sueños; la necesidad de una formación cada vez más sólida: la pasión por una educación popular liberadora que posibilitara a los pobres convertirse en genuinos ciudadanos con voz y con poder.

Fue Sabino primero director de Fe y Alegría de la zona Centro-Occidente, con sede en Barquisimeto, y después de la Zona Guayana con sede en Puerto Ordaz. En ambas tareas le tocó recorrer miles de kilómetros acompañando y formando a cientos de educadores, que llegaron a quererlo sinceramente por su nobleza, libertad, cercanía y sencillez. Ellos veían en él un amigo que venía a apoyarlos, a animarlos, a ganarlos para que asumieran con pasión y entusiasmo su misión de educadores populares. Si bien personalmente era de ideas radicales y le preocupaba mucho el acomodo y la falta de compromiso de algunos, siempre trató a todos con un gran respeto y cariño y evitó toda confrontación o palabra hiriente, pues era por naturaleza optimista y conciliador. Fue también director del Irfa en Guayana y un apasionado promotor de la educación técnica y productiva, a la que dedicó una buena parte de sus últimos años. También apoyó la Universidad Indígena de Venezuela, en el Estado Bolívar, una universidad de los indígenas y para los indígenas, que había sido uno de los principales sueños del Hermano Jesuita José María Korta.

En los últimos encuentros, si bien seguíamos hablando apasionadamente de Fe y Alegría, de educación, de la importancia y necesidad de insistir en la formación y de la preocupación por el rumbo que estaba tomando Venezuela, abordábamos también temas de espiritualidad y pude asomarme a la fe profunda de Sabino y a su amor incondicional a Jesús. Hablábamos también de nuestras lecturas recientes. Yo le hablaba con entusiasmo de Pagola, y él me decía que prefería a José Arregui.

Agur, Sabino; gracias por tu vida coherente y comprometida, por tu entrega incondicional al pueblo más sencillo, por tu dedicación a la educación de los más pobres con Fe y Alegría, por tu asombrosa libertad, pero ante todo y sobre todo, por tu cariño y amistad.