Oro sin educación: pobreza crónica

Tal vez usted no ha visitado nunca un pueblo minero, pero ha oído hablar de ellos. Es probable que le suene familiar el nombre de “Las Claritas” o “Km. 88”, como llamamos “en confianza” a esa población del estado Bolívar en cuyo subsuelo está el yacimiento de oro más grande del país y uno de los más importantes de América. Durante 11 años visité esa comunidad cada tres meses, cuando era la responsable de Fe y Alegría en la región Guayana. Ahí, desde 1991, funciona un centro educativo perteneciente a ese corazón que tiene dibujados dos niños y una niña en su interior.

Antes del llamado Arco Minero del Orinoco (AMO), la minería era ilegal en muchas de sus formas. Ahora es legal, pero sea como sea, el extractivismo es criminal tanto para el ambiente como para las personas. Únicamente mencionaré algunos ejemplos: los “cráteres” que dejan las excavaciones, la deforestación indiscriminada, el mercurio utilizado contamina el agua y el aire que se respira. Recuerdo que hace más de 10 años vi a una niña que había nacido en una mina; estaba contaminada con mercurio, casi no se movía. “Ella sonríe cuando uno le hace cariño”, me dijo la madre. Nunca he olvidado esa escena.

Ahora, con toda la movida del AMO, pueblos mineros como “El dorado”, “Tumeremo” y “Las Claritas”, por mencionar algunos, han estado recibiendo miles de nuevos habitantes provenientes de todas partes del país. Es la fiebre del oro, la nueva búsqueda de “El dorado”. Ahora hay muchos bares, más prostitución, hay de todo en los abastos y a precio de “grama”… Pero también existen muchas personas tratando de sobrevivir ante la situación que viven. En las minas cualquiera puede vender heladitos, panes de cualquier tipo, hallaquitas, cortar el pelo, vender su cuerpo, de manera “organizada” o por su propia cuenta… En fin, todo un mundo de oportunidades, aunque unas más dignas que otras.

Hay gente que emigra con la familia completa y aquí entra el tema de las escuelas. Aunque no se crea, las familias venezolanas valoran la educación y si los hijos están pequeños, hacen su mayor esfuerzo para que estudien.

“En la comunidad donde vivo -Villa Mendoza- el consejo comunal al cual pertenezco, ha censado 115 niños sin cupo, pero no es solo mi comunidad, son cuatro comunidades, y entre todas hay cerca de 400 niños sin cupo”. Escucho con atención a la señora que, una semana antes del inicio oficial de clases, se presentó en la escuela “Nuevas Claritas” de Fe y Alegría. La directora la atendió amablemente, indicándole que a lo sumo podrá darle unos 15 cupos, porque tiene los primeros grados llenos. “Si se va alguien, le aviso”. Y yo me quedé pensando: ¡400 niños y niñas! ¿Dónde van a conseguir tantos cupos? ¡Con el subsuelo rico, pero, con una población pobre! Y sin educación no habrá presente ni futuro para esos chicos. La riqueza del pequeño minero se va rápido, viviendo de manera precaria. Las “gramas” de oro -no sé porque dicen gramas y no gramos- se les van con una velocidad impresionante.

Los bares suelen ser receptores de esa riqueza minera… No hablo de las grandes empresas, esas tienen otra dinámica, hablo del independiente, hablo del que vive no de la minería directamente sino de los servicios colaterales: los legales y los ilegales, los “sanos” y los que atentan contra la dignidad humana.

Es verdad que el gobierno está “obligando” a las empresas a invertir en responsabilidad social en la zona y se han rehabilitado escuelas, pero eso no significa necesariamente más capacidad para brindar atención a tantos niños. En Fe y Alegría “Nuevas Claritas”, después de la rehabilitación de este año y, haciendo honor a la verdad, el resultado fue muy bueno: seguimos teniendo los mismos 700 cupos y entiendo que en la escuela oficial hubo alguna aula más, pero esos 400 cupos que se necesitan supondría otra escuela nueva… ¿Qué les espera a esos chicos? ¿Trabajo en la mina a los nueve años? Los niños y niñas tienen derecho a vivir su infancia, su vida como niños y niñas.

En los pueblos mineros, no todo lo que brilla es oro.

Luisa Pernalete