¡Queremos soluciones!

La supuesta Revolución Bonita ha dejado al país tan feo y destruido, que millones huyen de él como de una peste. Venezuela luce sucia, saqueada, destrozada. Las políticas de inclusión han resultado mecanismos muy eficaces para excluir a todos los que no quieren doblegarse. La retórica anticorrupción sólo sirvió para alimentar las conductas inmorales y convertirnos en uno de los países más corruptos del mundo. La Revolución del Amor sembró la división y el odio y terminó por convertirnos en uno de los países más inseguros, donde impera la violencia y la impunidad. Calles, carreteras, plazas y parques están tomados por la delincuencia, e incluso ni las escuelas, hospitales, autobuses o iglesias son lugares seguros.

De lo único que no hay inflación en Venezuela es del valor de la vida que cada día vale menos. Se puede matar por un celular, por un paquete de harina, por un pollo. La propuesta del hombre nuevo ha multiplicado los pranes, los delincuentes, los especuladores, los bachaqueros, los colectivos y grupos paramilitares.

Las expropiaciones en pro de la productividad y la soberanía alimentaria nos trajeron colas, escasez, desabastecimiento y hambre. ¿Dónde quedaron las empresas estatizadas, los fundos zamoranos, los gallineros verticales, las areperas socialistas, los huertos hidropónicos, la ruta de la empanada, las cooperativas productivas, la cría de conejos y chivos, el bolívar fuerte? ¿Quién va a responder por los miles de millones que se esfumaron sin ningún logro, o fueron a parar a los bolsillos de los ladrones?

La PDVSA del pueblo terminó como una empresa semiquebrada, que lo único que ha logrado aumentar considerablemente es la nómina de sus empleados, a pesar de que su producción sigue cayendo en picada.

Hoy siguen presas muchas personas porque supuestamente hicieron llamados a la violencia, pero ¿quién va a responder por los muertos de la delincuencia y por los cada vez más numerosos muertos por la falta de medicinas o de comida? ¿Cómo es posible que, en nombre de una supuesta revolución, se sigan tomando medidas que sólo han traído hambre, destrucción y tristeza? ¿Cómo explicar ese afán enfermizo de mantenerse como sea en el poder si, a juzgar por los resultados, no han sabido ejercerlo apropiadamente? ¿Será que los que nos gobiernan no tienen corazón? ¿O será más bien que ni ellos, ni sus familiares y amigos sufren las carencias y problemas que debemos enfrentar cada día los demás? Es muy fácil sentirse muy revolucionario y atacar al capitalismo salvaje mientras se disfruta golosamente y con una terrible avidez de todos sus lujos y abundancias.

El propio presidente ha reconocido el fracaso de sus políticas económicas y ha llegado a afirmar que las 70 empresas del estado están en números rojos. Pero no es suficiente con reconocer el fracaso y seguir tomando medidas que son más de lo mismo. Urge un cambio radical de timón que nos lleve en una dirección distinta, que sólo será posible si se rodea de personas eficientes, honestas y autónomas, y deja de premiar a sus amiguitos y a los militares para asegurarse su fidelidad.

Basta ya de retórica, promesas y golpes de pecho que no se traducen en actitudes y conducta distintas. Estamos hartos de palabras, ¡Queremos soluciones!