San Romero: necesitamos tus homilías

Querido San Romero:

Tú dijiste cuando comenzaste a sentirte amenazado que si te mataban resucitarías en el pueblo de El Salvador, pues la verdad es que te convertiste en San Romero de América y has resucitado en las luchas de todos los pueblos latinoamericanos, incluyendo el venezolano. Por nuestros sufrimientos y luchas de hoy, sentimos que necesitamos tu palabra.

Tú comenzabas tus homilías dominicales con un recuento de lo que iba sucediendo en tu país: “Y en Soyapango hubo allanamiento… y esta semana detuvieron unos catequistas en Zacamil,… y en Quezaltenago mataron a unos campesinos” y así ibas diciendo tu palabra. Tuve la oportunidad de conocer a uno de tus colaboradores del Socorro Jurídico y me contó que eras tímido, pero que te crecías y llenabas de valentía cuando te dirigías a la feligresía que te escuchaba, la gente sentía que decías lo que ellos querían expresar. También me contó que tú consultabas… Señal de humildad e inteligencia: pedir ayuda y dejarse ayudar. ¡Cuánto apreciaría yo que los que mandan en mi país pidieran ayuda o, al menos, dejaran ayudar!

De tus frases que han quedado para el mundo, estaba tu insistencia en defender la vida: “Este es el pensamiento fundamental de mi predicación: nada me importa tanto como la vida humana” y esa defensa de la vida de los más vulnerables te llevó a profundizar tus denuncias.

¡Si vieras, Romero, como hoy se maltrata la vida en mi país! Los niños mueren antes de entrar al colegio por desnutrición, por enfermedades que se habían erradicado o que se pudieron haber tratado. Si vieras como se muere lentamente por falta de medicamentos, la mala calidad de vida…! ¡Si vieras como se castiga a los médicos y enfermeras por defender la vida de sus pacientes! ¡Si vieras cómo se impide que se pueda vivir al obstaculizar la entrada de ayuda humanitaria! ¡Si vieras como se golpea a periodistas que sólo cumplen con su deber de informar!

Tú insistías en que la voluntad de Dios no era que unos tuvieran de todo y otros no tuvieran nada. “De Dios es la voluntad que todos sean felices” (septiembre, 1978). ¿Sabes que aquí hay niños, jóvenes, familias enteras comiendo de la basura? El otro día vi en el centro de Caracas una escena que no se me ha borrado: un perro sacaba desperdicios de comida de un basurero en una esquina y a su lado un hombre, de unos 30 años, hacia lo mismo. Aquí se ha conseguido igualdad, pero, hacia abajo: cada vez más, tienen menos.

Alguna vez te referiste a las desapariciones de detenidos y secuestrados. Estar detenido en Venezuela es una verdadera tragedia. El Observatorio Venezolano de Prisiones dice que “estar preso en Venezuela es una condena de muerte”.

Imposible no recordarte cada 24 de marzo, sin mencionar tu homilía del 23, el domingo antes de tu asesinato. Luego de pasar revista por los hechos violentos provocados por uniformados salvadoreños, pronuncias esas frases que diriges a los soldados, tus hermanos y que a mí me resuenan ante cada joven que matan por protestar aquí, en la patria de Bolívar: “Somos del mismo pueblo… Ningún soldado está obligado a obedecer la orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y de que obedezcan a su conciencia. En nombre de Dios pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada vez más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!”

Te pido, San Romero, que ayudes al pueblo venezolano a detener su sufrimiento.

Luisa Pernalete