Saquemos la educación del formato

 El acto educativo en sí mismo representa la posibilidad de dialogar e interactuar con los saberes, habilidades, creencias, valores, actitudes y situaciones que surgen en cada sesión de aprendizaje, poniéndose de manifiesto los intereses de quienes aprenden y las metas e intencionalidades de quienes enseñan.

En contextos de una educación en emergencia, como la que actualmente existe en Venezuela, la atención educativa requiere hacer del acto de enseñar y de aprender un proceso que privilegie lo humano para atender las carencias afectivas y socioemocionales de los estudiantes, muchos de los cuales se están levantando sin referentes familiares, pues sus representantes han tenido que emigrar para garantizar elementos básicos como comida, medicinas, entre otros. Hay quienes tienen la suerte de irse junto a sus padres y emprenden otros caminos adquiriendo nuevos patrones culturales en medio del dolor y el desarraigo. En este panorama, los que aún resistimos trabajando en escuelas cada vez más vacías de estudiantes y docentes, nos toca la tarea de darle vida a la educación, rescatarla y colocarla por encima de los recaudos administrativos y los formatos que, si bien ayudan a organizar y darle forma a las intencionalidades y objetivos educacionales, también hacen que se aborten procesos nacidos de las inquietudes que van surgiendo de la realidad que se vive en los salones, laboratorios, talleres y demás espacios en los centros educativos dado el tiempo que se requiere para cumplir con dichos requisitos.

No podemos negar que, en algunas ocasiones, la planificación y organización pedagógica de la enseñanza sufren los avatares y rigores de planes preconcebidos desde oficinas e instancias educativas desconectadas de la realidad que enfrentamos los docentes día a día, privilegiando el cumplimiento de las agendas, calendarios y la administración de temas generadores previstos desde arriba, muchas veces sin la consulta a los maestros y estudiantes de sus inquietudes y necesidades.

Recientemente en una clase con mis estudiantes del tercer año de Media General, una alumna me comentó que se sentía deprimida por los temas generadores que se estaban trabajando en el liceo, pues consideraba que todos los docentes hablaban de lo mismo y estaban dejando de lado contenidos importantes para su formación. Le expliqué que era válido manifestar cómo se sentía, reflexionando con ella y todos los estudiantes de la sección, sobre el sentido de la propuesta pedagógica que en estos momentos se está implementando en Fe y Alegría, debido a los problemas existentes en cuanto a la violencia, servicios públicos deficientes, la situación de una salud amenazada, la explotación sexual y la violencia de género, por mencionar algunos. Le comentaba a toda la clase que los contenidos del programa tienen sentido en función de lo que somos capaces de generar a través de ellos, de las actividades propuestas y las estrategias que empleemos para desarrollar en cada estudiante competencias que les permitan seguir aprendiendo a aprender con el fin de que se conviertan en lectores autónomos, refuercen sus distintas habilidades, piensen de manera lógica, sean capaces desarrollar conductas ajustadas a valores y que, en definitiva, aprendan a autorregularse y tener conciencia ciudadana. Tal vez la manera cómo se organizó la propuesta pedagógica en la escuela y la premura de cumplir con el cronograma propuesto para la administración de los temas (dos semanas para cada temática), hizo que no se profundizara en la intencionalidad o metas de comprensión a ser alcanzadas.

La educación es un acto libre, como libre es el pensamiento: no se le debe imponer anillos de fuerza ni muros de contención, pues al hacerlo limitaríamos la capacidad creadora de esos niños y jóvenes que esperan no ser encasillados y etiquetados por sus maestros, sino ser atendidos, valorados y respetados, destacando los progresos y logros alcanzados en cada área de conocimiento, infundiéndoles ánimo y aliento para seguir adelante, corrigiéndoles con acciones equilibradas entre el amor y la firmeza, para que comprendan las consecuencias de sus acciones desarrollando, como plantea Segura (2002), el pensamiento alternativo, causal, consecuencial, de perspectiva y medios-fin. Sin embargo, esto solo será posible si sobreponemos la acción de educar por encima de los cronogramas y la sacamos del formato.

Otra mirada al formato como trámite administrativo

Los avances que han experimentado las tecnologías de la comunicación e información han facilitado las interacciones a nivel mundial mediante portales, redes sociales, correos electrónicos, entre otros, generando un flujo de información tan vertiginoso y dinámico, que muchas veces hablamos de la «autopista de la información», dado que todos estamos inmersos en la misma.

En nuestro país, a nivel educativo, se han creado diversos mecanismos para generar un trabajo articulado entre las dependencias del Ministerio del Poder Popular para la Educación (MPPE) a nivel nacional, con las estructuras organizativas en lo regional, parroquial y ahora circuital, de acuerdo al nuevo modelo de gestión implementado por dicho Ministerio.

Día a día, las dinámicas de los centros educativos están mediadas entre la convulsión que supone, por un lado, la misión de la escuela educadora en el contexto de profunda crisis socioeconómica, política y moral que experimentamos los que vivimos en la patria de Bolívar, mientras que, por otra parte, está la entrega de recaudos en formatos electrónicos vía web y en físico que, además, en muchas ocasiones, brindan poco margen de tiempo entre la solicitud y el cumplimiento.

Pareciera que los datos del número de docentes, condiciones de la infraestructura e interminables caracterizaciones de diversa naturaleza se sobreponen en rango de valor e importancia a la construcción de la ciudadanía, que jornada tras jornada se va gestando en las aulas, laboratorios y talleres de los centros educativos.

En este marco, la gestión escolar atiende a la inmediatez de la entrega del recaudo, sin importar el descuido a los procesos de acompañamiento y seguimiento a los que están llamados a generar los equipos directivos y que, por más acciones colegiadas, delegación de funciones y trabajo en equipo que caracterice la organización escolar, en definitiva, la responsabilidad en el cumplimiento de la entrega del formato recae en el cuentadante de la institución.

Cada año, a pesar de los avances en las TIC, los registros nacionales vía web, procesos estadísticos digitales, portales institucionales del MPPE, alimentados con las informaciones solicitadas a los centros educativos, la gestión escolar se ve afectada por procesos destinados a llenar formatos con datos, estadísticas y aspectos en ocasiones poco relevantes.

En este sentido nos gustaría que en esos formatos se inquiriera sobre otros aspectos como: cantidad de estudiantes que no asisten regularmente a clases por carecer de efectivo para cancelar su pasaje, porque no se alimentan de manera adecuada o no tienen qué comer; la cantidad y variedad de alimentos que se brinda mediante el Programa de Alimentación Escolar C.N.A.E; el número de incidentes en la comunidad relacionados con el tiempo de ocio y el hampa juvenil en los que se han visto involucrados nuestros estudiantes; propuestas para recuperar el tiempo perdido debido a las suspensiones de clases (ya sea por interrupciones eléctricas, escasez de agua o los viernes libres por decisión gubernamental, entre otros factores).

A la educación debemos sacarla del formato del dato administrativo para contextualizar, tomando en cuenta las circunstancias que se viven, privilegiando el acompañamiento y seguimiento de los equipos directivos a los procesos educativos que se gestan y desarrollan en las escuelas como espacios para la construcción de la ciudadanía.

Por Jesús Reyes

U.E. “Rafael Urdaneta”

Fe y Alegría – Zona Occidente