Si no fuera por la solidaridad…

En Venezuela hay mucha gente pasando necesidades, pero también hay mucha gente solidaria. Por eso debemos estar atentos a esos signos de solidaridad y seguir el ejemplo de extender la mano al hermano.

La otra tarde pasó por uno de mis lugares de trabajo Edison, un joven de unos 15 años, ofreciendo panes de coco.  Ahí lo conocen desde hace varios años, ya que se las arregla haciendo y vendiendo sus panecitos. Yolanda, una compañera, dijo a los demás: “Vamos a comprarle, hay que ayudar…”, agregando “… si no fuera por la solidaridad”, acto seguido casi todos compramos.  No por la merienda, sino por solidaridad. Yolanda tiene razón.

El bus venía repleto y entró una joven madre con su hijo en los brazos. Inmediatamente una señora de pelo plateado -como el mío- se paró para cederle el asiento. La joven agradeció, inmediatamente un señor se levantó y cedió el puesto a la señora que había sido solidaria… ¡La solidaridad puede ser contagiosa!

Paso por una esquina donde unos jóvenes recuperan cartón y envases plásticos de la basura. Veo que una señora se acerca, les entrega unos cambures y unos envases. Los muchachos agradecieron ambos gestos.  “Sé tú el cambio que quieres ve en el mundo”, dijo Gandhi.

En la parroquia donde voy a misa en Barquisimeto, todos los fines de semana ponen una cesta y el aviso “Un kilo de amor”. La gente se acerca,  deja algún alimento que luego servirá para la olla solidaria voluntaria y  cooperar así con lo necesario para preparar la sopa que se ofrece gratis a niños, ancianos… “Si ayudo a una sola persona para tener esperanza, no habré vivido en vano”, dijo Martín Luther King.

Belkis, directora de una escuela de Fe y Alegría en Caracas, me cuenta que  desde hace unos meses el consejo comunal le está donando unas bolsas CLAP. “Antes nos las vendían, pero ellos ven la necesidad que estamos pasando. No tenemos recursos para dar de comer a los niños. Entonces nosotros, con lo que donan, hacemos los desayunos que podemos y le damos a niños que no traen de sus casas nada. Pero también los niños hacen lo suyo. Se organizan en círculos para desayunar, y ven a los que no traen nada y comparten su desayuno y avisan a las maestras. “Y entre todos, solidariamente, van resolviendo”.  

Pero ahí no termina la historia de solidad en el colegio. “El señor de la cantina”, que es un decir porque es apenas un puestecito, trabaja un huerto en un pedazo de terreno de la escuela. Cosecha auyama, entre otras verduras. Comparte con los maestros los frutos de su huerto y de ahí la escuela saca para otras acciones.  Como el sábado pasado, cuando unos vecinos se ofrecieron a  arreglar el alumbrado de la entrada del plantel. “Yo les pagué con una auyama”.  Escuela y comunidad de manos extendidas.

Del municipio San Francisco, en la zona sur de Maracaibo, me cuentan que en una escuela tanto los estudiantes como representantes recolectan zapatos y ropa para los más necesitados, encargándose ellos mismos de asignarlos. En ese mismo colegio, los docentes que tienen carro, establecen una especie de ruta y van recogiendo en el camino a los compañeros que no tienen vehículo. Además todos están pendientes de los que no tienen para los pasajes de regreso y hacen colecta para completar los montos…  Todos cuidando de todos.

De Bogotá me comenta una señora que se fue con sus dos hijas sin pasaporte, cansada de tanta necesidad y penurias -y apagones maracuchos,  falta de agua y todos esos etcéteras- y estando allá, a su hija mayor le detectaron unos quistes que requerían tratamiento. Ella no tenía dinero y ya consiguió la mitad del monto con gente solidaria de Colombia que ayuda a venezolanos.

Ahora, cuando también en Venezuela, estamos con la amenaza del Covid-19, tendremos oportunidades para que probemos nuestra capacidad de ser solidario con el hermano. Muchos nos van a necesitar.

Tal vez  al leer estos relatos, algunos lloren de indignación al ver hasta dónde hemos llegado en esta Emergencia Humanitaria Compleja y hay razones para indignarse, pero hay otra lectura: ¡cuánta solidaridad callada, generosa, desinteresada!

Ni usted ni yo tenemos poder de decisión para cambiar la situación del país, pero, decía la Madre Teresa de Calcuta que “por cada gota de dulzura que alguien da, hay una gota menos de amargura en el mundo”.

Uno conoce la magnitud de la tragedia venezolana. Por dar algunos datos, según una oficina de la ONU, 2.3 millones de personas están afectadas por la inseguridad alimentaria severa y 7 millones están dentro de lo que se conoce como inseguridad alimentaria moderada. Este drama requiere de acciones grandes, de ayuda humanitaria en grandes proporciones, pero usted y yo podemos poner gotas de dulzura en medio de la amargura. Usted y yo podemos, con acciones pequeñas, decirle al otro que él vale. Una mandarina puede cambiar el rostro de un niño o de un adulto que hurga en la basura.

En este tiempo de Cuaresma hay que recordar que el ayuno que satisface a Dios es el que nos hace “dar de comer al hambriento”.  El padre Ugalde en un reciente artículo lo subraya cuando dice que “medio país está ayunando por necesidad” y ese no es el ayuno que Dios quiere. En cambio,  encontrarse con el hermano necesitado, no dar la espalda al hermano (Isaías 58) ese si es el ayuno que agrada a Dios.  

Si no fuera por la solidaridad…”, dijo Yolanda cuando nos invitó a cooperar con Edison y tenía razón. Hay que trabajar por las grandes soluciones, pero si usted no está a esos niveles, extienda su mano y genere gotas de dulzura.

No soy un optimista, sino un creyente de la esperanza”, decía Mandela. Lo reafirmo.