Unidos por la educación

El otro día estábamos reunidas varias personas de diferentes lugares del país y les pregunté si sabían de escuelas, públicas o privadas, que hubiesen cerrado o  reducido el número de secciones.  No éramos muchos, no más de 10 los que estábamos ahí, y acto seguido comenzaron a contar: “En Mérida  -dijo una- se cerró una, vía El Valle, por falta de maestros. Afortunadamente, un centro de Fe y Alegría pudo absorber a los estudiantes”; otro contó que en el caserío de “Los Algarrobos” (estado Apure), se había cerrado una escuela granja por falta de alumnos;  una compañera de Ciudad Guayana comentó que sabía de una en el populoso sector de “Unare”, donde habían reducido drásticamente su número de secciones por falta de alumnos y maestros.  Y siguieron narrando…

Me hubiese bastado una sola para quedarme preocupada, pues de paso, no conocemos prácticamente ninguna escuela nueva, conocemos algunas repotenciadas, pero, no nuevas.  Si usted sabe de alguna, me avisa. ¿Dónde están los niños, niñas y adolescentes? ¿Qué presente y qué futuro van a tener si  no están estudiando?

Veamos cifras mayores.  En el informe sobre la situación de  los Derechos Humanos de Provea (2019), leemos que, según cifras oficiales, en el 2018 se contabilizaban 29.412 planteles. Parece un número grande, pero cuando nos dicen  que esa cifra, al compararla con los datos del 2017, supone 848 centros educativos públicos menos y 447 centros privados menos, en total son 1295 colegios menos… ¡es para llorar!

Sigamos. Cuando UNICEF se atreve a decir que en Venezuela hay un millón de NNA fuera del sistema escolar, se vuelve más profunda la preocupación. Completemos este breve y trágico panorama recordando el dato que arroja la encuesta de ENCOVI -esa alianza de universidades y centros de investigación del país-, la cual indica que solo la mitad de los escolarizados asisten con regularidad a las aulas;  los otros no lo hacen debido a los problemas de los servicios públicos, de alimentación, entre otros;  por mi parte, añado, que muchos se han quedado sin sus padres y eso los vuelve más vulnerables.

Lo mínimo que podemos concluir es que la educación venezolana está en emergencia compleja pues, por donde la miremos, hay un drama.

A nadie sorprende que se estén cerrando los centros educativos por falta de docentes. Cuando recordamos el dato sobre la remuneración de los que trabajan en centros públicos y los subvencionados por el MPPE, como los de Fe y Alegría, y se sabe que en América Latina, fuera de Haití y Cuba, los educadores que están comenzando a trabajar ganan entre 250 y 300 dólares, ¿cómo pedir actos de heroísmo todos los días a los nuestros? Y les recuerdo: sin maestros no hay escuela.

Se comprenderá entonces el lema de Fe y Alegría al celebrar su 65 aniversario: Unidos por la educación. No es simplemente un lema para nosotros, la gran familia del corazón, sino que es un llamado al país: tenemos que hacer un pacto a favor de la educación, hoy amenazada y ya con muchas víctimas, ¡todos los niños, niñas y adolescentes que están fuera del sistema escolar, los que no tienen rutina escolar y todos los docentes que renuncian llorando, porque les gusta lo que hacen, porque quieren a sus alumnos, porque es una renuncia forzada!

Fe y Alegría sabe de momentos difíciles.  Nació en plena dictadura militar, aquella que presidía Pérez Jiménez. Sus primeras décadas fueron de muchas penurias, pero el padre Vélaz, ese que desencadenó el entusiasmo, que sembró el optimismo antropológico, según el cual hay más gente buena que mala y se pueden juntar los pobres y los no tan pobres alrededor de una bandera, como el de la educación,  decía cosas como esta: “ Fe y Alegría no se puede casar con la desesperanza. Nuestra vocación es ser personas de activa esperanza frente a ese escenario inmenso de pobreza y miseria de gran parte de la humanidad. Atreverse a más en Fe y Alegría es renovarse, rejuvenecerse y acumular victorias”.  

 Si contextualizamos esas palabras de nuestro fundador, tenemos que atrevernos hoy a defender el derecho a la educación de todos los niños y niñas de Venezuela;  no quedarnos en la queja o simplemente ver aulas medio vacías o cerrar escuelas. Hay que  insistir en “cuidar a los cuidadores”, los maestros, que tengan un salario digno, que no tengan que pensar de dónde sacarán para el pasaje cada día, que no tengan que ir con zapatos rotos a trabajar. Nuestra educación tiene que educar para incrementar la resiliencia de nuestros estudiantes, ese arte de reinventarse ante la adversidad;  formar ciudadanos y ciudadanas porque tenemos déficits de ciudadanía en este país;  educar para la convivencia fraterna.

Tenemos que atrevernos a mirar el aquí, pensando también en ir más allá. Y esta tarea no es ni de un día ni es de pocas personas  aisladas: es un pacto por la educación.  No puede ser una tarea solo de docentes, de los padres y representantes. Los que toman decisiones, los importantes y los anónimos, los medios de comunicación…, en fin, los que les importa el presente y el futuro del país.

Nos alimentamos con las sonrisas en los rostros de los niños, niñas y adolescentes, los que están dentro de las aulas y los que están afuera que hablan con sus miradas.  Alimentamos la esperanza cuando vemos el esfuerzo de los maestros que perseveran, de las madres haciendo malabares para que sus hijos vayan a la escuela. Nos alimentamos recordando al padre Vélaz, y repetimos: “que la gente es  buena, que la gente quiere ayudar, que el mundo tiene mucha más gente buena que gente mala” (Vélaz, 1963).

Luisa Pernalete